Creatividad y crecimiento

En los últimos tiempos nos hemos ido familiarizando con exhortaciones del tipo de: !Desarrolla tu creatividad! o !Da la bienvenida a tu ser creativo! 

No nos resulta extraño encontrar afirmaciones como estas en los títulos de libros más o menos serios que encontramos entre las estanterías de la sección de autoayuda de nuestra librería favorita o entre las propuestas de un nuevo curso de desarrollo personal e incluso en la publicidad de algún diploma universitario relacionado con el mundo de la empresa. Y así, poco a poco, ha ido calando en nosotros la idea de que, no se sabe muy bien por qué, pero es importante ser creativo, y de que la creativividad ya no es patrimonio exclusivo de pintores, literatos, o artistas en general.

O la de que todo hijo de vecino puede tener libre acceso a eso que yace adormecido en alguna parte de nuestro interior.

En resumidas cuentas, una idea se va haciendo hueco entre nuestros pensamientos de más reciente adquisición. !Sí, yo también puedo ser creativo! Y, aún más allá, va calando la idea de que es posible aprenderlo.

Pero ¿qué es la creatividad y por qué es tan importante para nosotros, los seres humanos?

Vayamos al diccionario en busca de respuestas. La RAE dice que "creatividad" es la facultad de creación o la capacidad de crear. Por si todavía no te queda claro, acudamos a la definición de "creativo", la RAE nos indica que si usamos creativo como adjetivo nos referimos al que posee o estimula la capacidad de creación, invención, etc; o bien simplemente el que es capaz de crear. Todo un poco lioso y redundante, pero veamos qué dice la RAE de la palabra "crear". La primera acepción nos indica que crear es producir algo de la nada, y nos da un ejemplo, Dios creó los cielos y la tierra !bien, por fin algo emocionante! El hecho de crear nos acerca a los dioses. Pero no nos volvamos locos... o sí, al fin y al cabo se trata de ser creativos.

La segunda acepción que nos regala la RAE dice que crear es el acto de establecer, fundar, introducir por vez primera algo; hacerlo nacer o darle vida, en sentido figurado. Y la quinta acepción nos remite a un uso anticuado de esta palabra relacionado con criar o nutrir.

Resumiendo si desarrollamos nuestra capacidad de ser creativos seremos capaces de producir cosas de la nada, o de insuflarles vida, lo que nos acerca a los dioses. Y a nadie le amarga la idea de serntirse como un dios al menos por un rato. Y además parece ser que el hecho de crear algo nos nutre por dentro, aunque no como si nos comiéramos un bocadillo de jamón ibérico, la nutrición a la que se refiere el diccionario tiene que ver con la idea de nutrir a nuestro espíritu, tan desnutrido en estos tiempos, por otra parte.

La creatividad es nuestro patio de recreo interno

¿Recuerdas la sensación cuando sonaba el timbre que anunciaba el tiempo de recreo en medio de las aburridas clases? Y no me refiero a la sensación que tienes ahora cuando acabas tu jornada laboral agotada/o. No. Te hablo del momento del bocadillo o del pan con chocolate en papel de aluminio, de las canicas, o las chapas, o la goma, o la pelota de fútbol o la cancha de baloncesto, o polis y cacos o churro, media-manga y manga-entera. De ese tiempo que se pasaba en un vuelo hasta que volvía a sonar la campana en el que descubriste que el tiempo es tan corto cuando lo estás pasando bien y tan inacabable cuando lo pasabas digamos que regular.

El tiempo de la creatividad es ese no tiempo que se pasa en un suspiro, el tiempo del patio del recreo. Y el espacio de la creatividad es, sin embargo, tu espacio interno. La creatividad no es algo que podamos poner fuera de nosotros, tampoco es algo que podamos adquirir o que podamos consumir, lo creativo anida dentro de cada uno de nosotros. De todos nosotros.

Reflexionemos algo más sobre ese concepto de tiempo creativo. ¿Dispones de créditos de dicho tiempo creativo? O tienes como la mayoría tan solo tiempo libre. ¿Y qué se espera de nosotros en ese tiempo libre, qué seamos creativos? ¿O más bien que consumamos compulsivamente a la espera de una nueva jornada laboral? A saber, ir de compras, pasar unas horas atontado/a ante el televisor, pasar otras navegando por internet a bordo de un nave también virtual, ir al cine, ir al teatro, salir a cenar. Pasatiempos en la mayoría de los casos. ¿Qué hacemos con nuestro tiempo libre? La respuesta es que lo que hacemos es malgastarlo para que pase cuanto antes !Y eso que lo llamamos nuestro tiempo libre! Pero el concepto de libertad debe de dar bastante miedo cuando lo que hacemos es mantenernos alejados de nosotros mismos, escondidos, alienados también en nuestro propio ocio. No se espera otra cosa de nosotros. De todos nosotros.

¿Y si cambiamos ese concepto de tiempo libre por el de tiempo creativo? Está al alcance de cualquiera y es más económico que ir al centro comercial. Lo único que se requiere es que cambiemos nuestro paradigma sobre nuestro tiempo de ocio.

Bienvenido/a a tu verdadero tiempo libre, el tiempo del recreo para adultos, el momento para que produzcas algo de la nada, el tiempo de tú creatividad.

 

Un espacio interno

Nos hemos enfrentado al tiempo, a nuestro tiempo, echemos un vistazo ahora al espacio. A nuestro espacio interno. Es ahí donde se esconde la dichosa creatividad ¿Dónde ir a buscarla? Tranquilo/a, tan solo tienes que detenerte un momento, y ahora viene lo más complicado, habrás de buscarla en tu interior, ni tan siquiera tienes que plantar la semilla, recuerda que los dioses ya lo hicieron, tan solo dejar que brote y darle el espacio para que lo haga. Deja a un lado el pensamiento lógico, ese que te sirve para pagar las facturas y llegar a fin de mes; abandona ahí fuera y por un rato a tu crítico interno, el tirano que te sopla al oído susurrándote que no eres lo suficientemente bueno o lo suficientemente creativo. Y dale la bienvenida al soñador, pero al que sueña despierto, al que mira embobado el azul del cielo. ¿Nunca te dijeron que estabas en Babia? Haz el viaje de regreso al mágico mundo de Babia o al país de Nunca Jamás, lo que más te guste. Respira hondo. Eres un ser libre, totalmente libre, vuélvete un poco loco/a, abandónate al placer y a la entrega, todo hazto creativo es un acto de amor, regálate uno de esos instantes en que puedes comportarte como un dios, puedes ser un dios iracundo o uno magnánimo o cambiar de una cosa a la otra tantas veces como se te antoje. Cada vez que creamos algo le hacemos un regalo al universo, sea lo que sea el universo. Puede ser tan grande o pequeño como tú quieras. Al fin y al cabo es tú tiempo y es también tú espacio interno.

 

De niño/a era más fácil.

Observa a un niño/a cuando se encuentra absorto en su habitación de juego. Vuelve a conectar con esa energía. Si queremos estimular y desarrollar nuestra propia creatividad tenemos que hacer un viaje de regreso a la infancia. Todos éramos creativos ¿No lo recuerdas? Ni siquiera necesitábamos disfraces para jugar a los piratas, ni espadas, tan solo blandir nuestro puño cerrado y hacer un ruido con la boca, chas, chas. Si extendíamos los brazos a ambos lados de nuestro cuerpo éramos un avión, si extendíamos el dedo índice y el anular nuestra mano se había convertido en una pistola, bang, bang, de la que salían balas invisibles; si gruñíamos éramos un monstruo, si trotábamos íbamos montados en un caballo. Eso sí que era una realidad virtual vivida de forma real por nosotros mismos. El espacio interno de la creatividad es el espacio del juego, no en vano los ingleses utilizan el verbo to play para referirse a la actividad teatral: a ser creativos de esa manera le llaman jugar.

 

¿Desde hace cuánto no te sientes de esa manera por dentro?

Puede que te contestes que desde que dejaste de ser niño. O más bien, desde que llegaste a la conclusión de que esas habilidades no eran útiles ni prácticas para el confuso mundo adolescente en el que te adentrabas. De una manera o de otra hubo un día en el que todas esas cualidades se te antojaron tan inútiles como los viejos juguetes que te acompañaron en la infancia. Y como a esos viejos juguetes, las abandonaste en un viejo bote de detergente. Cambiaste el disfraz de sioux por el adusto uniforme de la lógica y la responsabilidad adulta, no sin pasar antes por el de la inquietud adolescente.

Pero el niño sigue ahí, bajo las arrugas, las bolsas de los ojos, el insomnio, las decepciones, los meandros vitales, enterrado bajo toneladas y toneladas de realidad. Pero ahí está. Esperando a que vuelvas a darle una vuelta por el patio del recreo. Quizá te mires al espejo y ya no seas capaz de verlo ahí en tu reflejo. No importa. Los que saben lo llaman el niño interior. Y lo llaman así porque aunque no puedas verlo por fuera, huyó cuando se impuso tú yo adulto para refugiarse en lo más profundo de tí mismo, sigue ahí. Aunque probablemente esté un poco asustado en medio de toda esa lógica irrefutable de persona mayor. ¿Y cómo construímos esa dichosa lógica de adulto? ¿Cómo abandonamos al niño y le dejamos de la mano? ¿Cuándo abandonamos ese mundo creativo? Quizá para encontrar las respuestas tenemos que cambiar las preguntas. ¿Quién te dijo que no podías cantar porque no cantabas bien? ¿Dónde te dijeron que no tenías derecho a empuñar lápices de colores, acuarelas y demás? ¿Cúando caíste en la cuenta de que era absurdo que bailases o actuases o tocases un instrumento porque no valías para ello? ¿Cómo se te quitaron las ganas de tocar ese instrumento? ¿Por qué llegaste a la conclusión de que no merecía la pena escribir y que nunca serías lo suficientemente bueno? Rebobinemos pues ... Pudo ser un adulto bienintencionado que quería hacer de tí un hombre o una mujer de provecho. O un maestro de escuela con sobredosis de pies en el suelo. O un amigo de tus padres que quiso llevarte por el buen camino. Probablemente te lo dijeron varias veces o quizá fue en una sola ocasión, pero de una forma u otra caló tanto en tí que luego te lo repetiste a tí mismo/a tantas veces que has acabado por creértelo y lo has convertido en una verdad inamovible. Piensa un poco, quizá hoy en día te lo sigues repitiendo, puede que incluso cuando estabas leyendo un par de párrafos más arriba has pensado: Bah, esta tontería de la creatividad no va conmigo. Siempre me ha gustado pintar pero se de sobra que no tengo talento para ello.

Te lo repetiste tantas veces que has llegado a hacer de ello una verdad. Pero no es verdad. Y no es verdad porque las personas que te lo dijeron, fuese cuál fuese su cualificación para convencerte, no tenían ni tienen la posesión de la verdad, porque nadie la tiene, porque nadie tiene el don de la clarividencia en estos asuntos. Te contaré algo al respecto, algo que me comentó una amiga que es profesora en una de las más prestigiosas escuelas de teatro de la capital, era algo así: " Durante todos estos años tanto como alumna como profesora he visto tantos estudiantes de interpretación que parecían tener un talento inmenso y no consiguieron nada en la profesión como los que aparentaban no tener ninguno y alcanzaron el éxito; que, hoy por hoy, no me atrevo a decirle a nadie que vale o no vale para el oficio"

Bien. Es hora de poner manos a la obra y reescribir esos mensajes que nos limitan. De recuperar ese niño creativo al que abandonamos sentado en un viejo pupitre de escuela. Y !cuidado! No hablo de no crecer o no madurar o de ser pueriles o adolescentes eternos. De lo que hablo es de adoptar el niño creativo que fuimos desde el adulto que somos ahora, de cuestionarnos como adultos aquello que no fuimos capaces de cuestionarnos cuando éramos niños y de concedernos como adultos lo que no pudimos concedernos cuando éramos tiernos infantes. Hablo de que ese adulto que eres ahora sí tiene la fortaleza y la sabiduría y la experiencia para hacerse cargode ese niño que seguramente se siente triste, frustrado y enfadado todavía dentro, pero que muy dentro de tí.

 

Te propongo un sencillo juego, lo llamaremos conectando con tú ser interno creativo

Escoge un espacio íntimo de tu casa, un lugar dónde nadie te moleste y te sientas tranquilo y seguro. Apaga el móvil, procura que nadie te moleste. Es tú momento. Inventa tu propio ritual, empieza a ejercitar tu creatividad. Una vela, una música que te llegue al corazón o un incienso pueden ayudarte. Pon delante de tí una fotografía tuya de cuando tenías seis o siete años, un bolígrafo y un papel. Respira hondo, todo lo que den tus pulmones y exhala el aire muy lentamente. No tienes que hacer nada más, solo estar ahí y respirar. Hazlo unas cuantas veces, las que necesites hasta que sientas que vibras en la misma energía que la vela o el incienso o la música. Quizá te ayude tener los ojos cerrados o entornados. Cuando te sientas listo para la acción abre los ojos muy lentamente, procura no desconectarte del todo del estado que hayas alcanzado a través de tu respiración. Y mira a ese niño o niña de la foto, quizá te venga un pensamiento o una emoción, dejátelo pensar o sentir, si tienes ganas de reir ríe, si te asalta el llanto llora, pero procura no quedarte atrapado por el pensamiento o la emoción, déjalo pasar y concéntrate en ese niño o niña de la fotografía. Pregúntale que, cuándo o dónde y cómo o quiénes le dijeron que no podía pintar o escribir o tejer o bailar o cantar o lo que sea que te hubiera gustado hacer y no has hecho. Te recuerdo que tienes delante de tí un bolígrafo y papel para escribir. Abandónate a lo primero que te venga a la cabeza y escribe de forma automática aunque te parezca al comienzo que no tiene sentido. Deja que el niño escriba por tí esos momentos en los que sintió frustrado por las expectativas de los adultos, puede ser que tu yo adulto no lo recuerde, pero te aseguro que el niño sí que lo hará. Deja que se exprese libremente, puede ser que se sienta enfadado, incluso furioso, o vulnerable o dolido. Deja que el niño escriba y que hable tu corazón, si necesitas llorar llora, si te sientes rabioso tampoco pasa nada, tan solo es energía que clama por ser liberada. Y cuando sientas que tu niño de seis años ha soltado lo que necesitaba, lee lo que has escrito y permítete un instante para digerirlo, si los recuerdos son demasiado traumáticos o dolorosos hazte cargo de que ya no eres ese niño de seis o siete años sino un adulto poderoso que puede darle amparo. Llega tu turno, contéstale, y no tengas miedo de volverte un poco loco, al fin y al cabo se trata de ser creativo. Puedes hacerlo por escrito o dirigirte al niño de la fotografía en un diálogo interno. Si dudas hazlo con amor y no te equivocarás. Expresa todo lo que necesites, sin pudor ni vergüenza, nadie te observa ni te juzga, no lo hagas tú.

Cuando sientas que has terminado dile algo así como que siempre estarás ahí para él, que nunca le abandonarás, que contigo puede sentirse libre, felíz y seguro. Despídete de él consciente de que no es una despedida sino un hasta luego, él siempre estará ahí para tí lo mismo que tú estarás ahí para él. Regálate unos minutos y regresa a tu respiración el tiempo que necesites. Durante los días siguientes al ejercicio lleva algo encima que te conecte con tu infancia, puede ser la fotografía de tí mismo de niño o quizá un viejo juguete si todavía lo conservas o una canica, eso ya es cosa tuya. Dale algún tipo de gusto a ese niño, puedes comprar esa golosina que tanto te gustaba o volver a ver esa película o leer un tebeo o pararte en el escaparate de una juguetería o comprar unos lápices de colores si lo que te apetece es pintar o una libreta si lo que quieres es escribir o apuntarte a clases de teatro si eso es lo que te deseas. Recuerda que se trata de reconectarte con tu creatividad. Lo único que te queda es reservarte un tiempo a la semana para dedicárselo a tu actividad creativa, y no te digas a tí mismo que no tienes tiempo, róbale ese tiempo a la televisión o a internet o a las compras compulsivas, o a las redes sociales o a las conversaciones absurdas por teléfono. El niño de la mano del adulto que eres te dará las claves para hacerlo.

Y si todo lo anterior te parece una profunda idiotez imagina entonces tu propia manera y llévala hacia delante, aunque te parezca una locura. Recuerda que, al fin y al cabo, la creatividad es una virtud propia de los dioses y que los dioses tienen permiso para hacer en cada instante lo que les venga en gana.

Y no olvides ...

Para éste o cualquier otro asunto ...

No estás solo o sola.

Formas parte de la tribu humana.

 

Por Chema Pozas.

(Licenciado en Comunicación Audiovisual por la U.C.M. Formación en interpretación teatral en el Estudio Internacional del Actor Juan Carlos Corazza, Formación en psicoterapia Gestalt en el Estudio Enearán, Taller de Escritura creativa de Clara Obligado. En la actualidad trabaja como profesor de Educación Secundaria en un Instituto Público de la CAM)